San Martin 496.

En mi última visita a Concepción, una de las mejores en los últimos 4 años desde que vivo en Santiago, le mostré a Berni la casa donde pasé mi adolescencia, la misma que comenté en Escape y Mejor Imposible 2.
Verla me trae muchos Como olvidar la primera vez que me curé?, o mis amigos de colegio, mi vecina Paola Santander, o Verito recuerdos, Como el aroma a chocolate blanco, a invierno a mermelada de moras. aromas, A la primera lasaña que hice, a helado de menta, a helados compartidos con un amor de colegio, a Agua Brava, a Vorago. sabores, Uff !!! muchas que se pueden contar y algunas que solo guardamos dos personas anécdotas: Los ingredientes de mi vida entre los 14 y 24 años.

sanmartin496Lo primero que recuerdo de esta casa es su aroma a pintura fresca, al aroma de la madera en el living. Cuando llegamos estaba recién pintada por dentro de color blanco invierno y resaltaba con la pared de madera justo al frente de la puerta, que ocultaba la escalera al segundo piso. La primera noche,después de ordenar todo, cenamos pizza y Coca -Cola. Al día siguiente, caminar las dos cuadras a la casa de mi mejor amigo de esa epoca : Christian López e invitarlo a mi casa. Luego, ir a mis prácticas de remo en Llacolén. Cuando llegué en la tarde, conocí­ a Verito, una amistad que duró hasta mi primer pololeo en Y que fue el último antes de casarme, un largo pololeo de 5 años y un día serio. Llegué a esa casa en el año 1986, boom del new-wave, de música que aún recuerdo y hago mia.
El año siguiente en invierno fui por primera vez a ver una pieza de ballet, Coppelia fue la elegida. Un muy lindo recuerdo y que espero algún dí­a llevar a mi hijo a verla. Fue el año del inicio de mi aversión a los chocolates blancos, luego que para mi cumpleaños pareciera que se pusieron de acuerdo mis amigos y casi todos me regalaron sendas barras de ese odioso elemento… y que hasta el dí­a de hoy no tolero. Fue el año de mi platónico amor por la Francisca Rubio y de la Vivi Arraya. El año de Porque en esa epoca me gustaban mayores??, aun no lo descifro. Yoyi Navarrete y su aroma dulce y fresco, de corrernos de clases para ir a la piscina del centro recreativo, de su cabello liso, su estilo tan original y su simpatia. Fue también el año de True, de Crowded House,Spandau Ballet y otros más que vienen a la memoria, temas que tocaban en las fiestas del Colegio Etchegoyen, la Inmaculada Concepción y el mio (nunca fui a una del A-21, muy rascas para mi).
El año ’88. Un excelente año, para todo. Comenzó siendo cuando conocí a mi hermana mayor, mientras mantenia un oculto pololeo con una chica de descendencia árabe (y que el año anterior conocí­ por su hermana menor). La familia de ella nunca aprobó nuestro pololeo. Asi que cándidamente se remitió a vernos esporádicamente y par de cartas diarias, que nos entregábamos en la mañana, camino al colegio. Esas cartas las tuve hasta hace el dia que terminamos con Jimena, se fueron a la basura, para llevar lo menos posible conmigo de vuelta muy poco como un lindo recuerdo.
Fue año que volví­ a usar lentes, y que más de una vez me los eché jugando en el colegio o practicando remo. El año que triunfó el No, el año de Sting, del pop español, de Level 42 y tantos otros temas. El año terminó con mi graduación de cuarto medio y pololeando con Ma. Luisa Ferro.
El año siguiente, 1989 comenzó con lo que ya era tradición entre mi grupo de amigos del colegio : irnos por una o dos semanas a Quillón, a la casa de la madrina de José Araya. Paseos inolvidables y que ahora me pregunto : serian igual de buenos, si este año nos juntamos los mismos y nos vamos de camping?… quizás no. Luego de volver de Quillón terminamos con Pepa, lo que fue mi primera desilusión amorosa, luego comencé a estudiar. Ahi conoci a Carolina (un caballero no tiene memoria), 6 áños mayor y el sueño del pibe : una rubia de mirada seria y coqueta, un poco más baja que yo y de gustos y opiniones similares. Lo que comenzó como una conversación de recreo terminó siendo EL pololeo. Nos ibamos después de clases a su departamento (ella no era de Concepción, sino de un poco más al sur, en donde sus padres tenian una fábrica de cerámicas pintadas a mano), cocinábamos y luego nos poniamos a jugar carioca. Entre trios y escalas llegaron los primeros besos y la declaración de amor. Fue mi primera vez también (de eso, hablaré en otro artí­culo). Nuestro romance duró lo mismo que un año académico. Y aunque ya habiamos terminado nos seguiamos viendo. Fue de esos pololeos en los que se termina bien, sin rencor, desamor ni olvidos. Fue el año de nuestros cafés cortados en invierno, el año en que llegó el Peugeot 405, y cambié el color de mi pieza por un vainilla chillón con paredes y puerta inmaculadas de blanco.
El año siguiente comenzó con el clásico paseo a Quillón, pero esta vez llevamos a dos chicas (no, no eran ni nuestras empleadas ni esclavas sexuales) Claudia Silva y su prima (una iquiqueña que no recuerdo su nombre). Craso error, no estábamos preparados para compartir nuestras guerras de uvas con duraznos con mujeres, menos los carretes en la disco en la que el DJ era mi amigo de barrio Patricio Morgan. Y ellas, cuales Yoko Ono, nos distanciaron ese verano. Luego, ya comenzando el año academico conocí­ a Doris, con quien pololeé 5 años y un dí­a, para luego casarnos, duró exactamente 7 años y luego ese matrimonio se acabó. Fue también el año en que llegaron los Subaru Legacy, en que la calva Sinead O`Connor nos decia que nada se compara contigo, el año de los completos con jugo de naranja en la Fuente Alemana o el Oba-Oba.
El año 1991 tiene algo de especial : mi hermano menor – Rodrigo- crecíó y nos hicimos amigos y compinches. El año en que las vacaciones en Quillón dieron paso a vacaciones en Puerto Varas, cambié las piscolas y el carrete en una disco de pueblo por el Casino y los Daikiris.
Los siguientes tres años pasaron rápidamente : terminamos por un tiempo con Doris y me lancé a la vida, cosa que duró menos que un candy para volver con ella y seguir estudiando.
Y en 1993 dejamos la casa de San Martin 496. Yo me fui a vivir solo y un dí­a cerré la misma puerta, que en un amanecer de 1989 no podia abrir, mientras mi mascota, el Danko (un basset leonado) me ladraba desde el otro lado de la puerta y yo, inocentemente susurrándole (y que después me dijeron que hasta el centro se sentia mi callate perro weón) después de celebrar los 18 años de Rodrigo Cerna y de ser mi primera borrachera (si!!, nada envidiable ni mucho menos orgulloso de contar).

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